Cuidar a quienes cuidan: una tarea institucional
En los equipos que trabajan en salud, salud mental, educación o en el área social, el cuidado suele estar puesto hacia afuera. Se cuida a pacientes, usuarios, estudiantes, familias, personas en situación de vulnerabilidad o atravesadas por distintos niveles de sufrimiento. Sin embargo, con frecuencia queda en segundo plano una pregunta central: ¿quién cuida a quienes cuidan?
Trabajar con el sufrimiento humano tiene efectos. No se trata solo de cansancio físico o de acumulación de horas de trabajo. La tarea asistencial implica sostener demandas intensas, escenas complejas, urgencias, duelos, frustraciones, conflictos institucionales y, muchas veces, condiciones laborales insuficientes para responder como se quisiera.
Cuando estos efectos no encuentran espacios de elaboración, pueden expresarse de distintas formas: burnout, ausentismo, desmotivación, somatizaciones, irritabilidad, conflictos entre compañeros, burocratización de la tarea o sensación de estar trabajando mal. A veces el malestar aparece como queja permanente; otras veces, como retraimiento, automatismo o pérdida del deseo de involucrarse.
Uno de los riesgos más importantes en las instituciones de cuidado es que la tarea se vuelva mecánica. Cuando la demanda es continua, los recursos son escasos y los equipos están fragmentados, quienes trabajan pueden empezar a funcionar en modo supervivencia. Se atiende, se resuelve, se registra, se responde; pero queda poco lugar para pensar lo que ocurre, para compartir lo que afecta o para construir sentido con otros.
Por eso, el cuidado de los equipos no puede reducirse a una responsabilidad individual. No alcanza con decirle a cada trabajador que descanse más, haga terapia, medite o encuentre estrategias personales de autocuidado. Todo eso puede ser valioso, pero resulta insuficiente si la organización del trabajo continúa produciendo desgaste sin ofrecer espacios de sostén.
Cuidar a quienes cuidan requiere una mirada grupal e institucional. Implica reconocer que el sufrimiento de un equipo no siempre pertenece a una persona en particular, sino que muchas veces expresa algo de la tarea, de las condiciones laborales, de los vínculos internos o de los mensajes contradictorios que circulan en la institución.
Los espacios grupales de cuidado permiten poner en palabras aquello que suele quedar aislado o actuado en el día a día. Permiten compartir afectaciones, reconocer que otros atraviesan experiencias similares, recuperar la pertenencia al equipo y transformar la queja en pensamiento. No se trata solo de “descargar”, sino de construir una red de sostén mutuo que permita elaborar lo vivido y pensar alternativas posibles.
En este sentido, el cuidado de equipos no es un lujo ni una actividad complementaria. Es una condición necesaria para sostener la calidad de la tarea asistencial. Cuando los equipos cuentan con espacios para pensar lo que les pasa, disminuye el aislamiento, se fortalecen los vínculos y se vuelve más posible mantener una posición cuidadosa frente a quienes consultan, aprenden, sufren o necesitan acompañamiento.
También es importante recordar que las instituciones cumplen una función de amparo. Cuando funcionan como espacios de pertenencia, reconocimiento y sostén, ayudan a que las personas puedan atravesar mejor las dificultades propias de la tarea. Pero cuando no ofrecen condiciones mínimas, cuando hay arbitrariedad, sobrecarga, falta de recursos o ausencia de escucha, el malestar tiende a instalarse en los cuerpos, en los vínculos y en la cultura institucional.
Cuidar a quienes cuidan supone, entonces, abrir preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué efectos tiene esta tarea sobre nuestros equipos? ¿Dónde se procesa lo que duele, frustra o desgasta? ¿Qué espacios existen para pensar juntos? ¿Qué condiciones institucionales favorecen el cuidado y cuáles lo dificultan?
La salud de los equipos no depende únicamente de la fortaleza individual de sus integrantes. Depende también de la posibilidad de construir instituciones capaces de escuchar, alojar y transformar el malestar. Porque cuidar no es solo asistir a otros: también es crear condiciones para que quienes sostienen esa tarea puedan seguir haciéndolo sin perderse a sí mismos en el camino.
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