Adolescencias: vínculos que también enseñan
Pensar las adolescencias exige algo más que identificar conductas, síntomas o dificultades. Supone preguntarnos qué experiencias ofrecemos, qué lugares habilitamos y qué formas de vínculo construimos con quienes atraviesan esa etapa. Porque las adolescencias no se desarrollan en abstracto: se producen en tramas concretas de relaciones, instituciones, objetos, palabras, espacios y oportunidades.
Muchas veces, las prácticas profesionales se organizan desde categorías que parecen técnicas, pero que no son neutras. La forma en que nombramos a un adolescente incide en la manera en que lo miramos, en las expectativas que construimos sobre él y en las intervenciones que consideramos posibles. No es lo mismo pensar a alguien como “menor”, “usuario”, “paciente”, “caso” o “sujeto”. Cada palabra abre y cierra caminos.
Una mirada centrada en el sujeto permite reconocer tres dimensiones que conviven al mismo tiempo. Por un lado, el adolescente es sujeto de experiencia: llega con una historia, recorridos, memorias, marcas y aprendizajes previos. No empieza a existir cuando entra en contacto con una institución o con un profesional. Por otro lado, es sujeto del presente: se encuentra en una situación concreta, atravesada por vínculos, normas, recursos, malestares y posibilidades actuales. Y, finalmente, es sujeto de porvenir: alguien que puede imaginar un futuro, proyectarse, cambiar de posición y construir otras formas de estar en el mundo.
Desde esta perspectiva, acompañar no significa solamente “estar cerca” o brindar contención afectiva. Tampoco alcanza con responder a una demanda puntual. El acompañamiento implica construir condiciones para que algo pueda aprenderse, decidirse, explorarse o transformarse. En ese sentido, todo dispositivo enseña, incluso cuando no se lo propone explícitamente.
Las instituciones enseñan a través de sus rutinas, sus espacios, sus objetos y sus reglas. Enseñan cuando habilitan la palabra, cuando ofrecen intimidad, cuando permiten decidir, cuando abren la circulación por la ciudad o cuando acercan experiencias culturales. Pero también enseñan cuando restringen, homogeneizan, infantilizan o sustituyen la decisión del adolescente por la comodidad del mundo adulto. A veces, aquello que se aprende no surge de un plan educativo declarado, sino del modo en que se organiza la vida cotidiana.
Por eso resulta clave preguntarse: ¿qué queremos que aprendan los adolescentes en los espacios que habitan? ¿Qué saberes necesitan para participar de la vida social? ¿Qué experiencias les permiten ampliar su mundo? ¿Qué oportunidades habilitamos para que no queden reducidos a una única institución, una única etiqueta o una única trayectoria?
La ciudad, los vínculos afectivos, los espacios educativos, las instituciones culturales, los entornos digitales, los grupos de pares y las referencias adultas también forman parte de los escenarios de aprendizaje. Aprender no ocurre solo en el aula ni únicamente en el consultorio. Muchas veces, el cambio se produce cuando alguien cambia de lugar, cuando accede a otra experiencia, cuando puede ensayar una pertenencia distinta o cuando encuentra una red que no lo captura, sino que lo sostiene.
En este punto, la noción de “esculturas vinculares” resulta especialmente fértil. Un vínculo no es una fórmula que pueda aplicarse igual con todos. Es una construcción artesanal, situada e irrepetible. Está hecha de palabras, pero también de objetos, gestos, tiempos, espacios, normas, silencios, expectativas y afectaciones mutuas. Cada vínculo se modela con la singularidad de quienes participan en él.
Trabajar con adolescentes supone aceptar esa dimensión no replicable del encuentro. Lo que funciona con uno puede no funcionar con otro. Lo que hoy no produce efecto puede adquirir sentido más adelante. Por eso, algunas disposiciones profesionales se vuelven centrales: presencia, paciencia y confianza. Presencia para estar disponibles de un modo real. Paciencia para no claudicar cuando una propuesta no resulta, cuando el proceso no avanza linealmente o cuando el adolescente todavía no puede tomar aquello que se le ofrece. Confianza para sostener la expectativa de que algo puede construirse, incluso cuando no se ve de inmediato.
Las adolescencias necesitan vínculos que no pretendan dominar la escena ni cumplir el deseo del adulto sobre ellas. Necesitan adultos e instituciones capaces de proponer sin imponer, de cuidar sin encerrar, de orientar sin sustituir la experiencia. También necesitan espacios donde su palabra, sus preferencias y sus recorridos sean tomados en serio.
En tiempos en que la salud mental adolescente suele pensarse casi exclusivamente desde la respuesta clínica, es necesario ampliar la mirada. La clínica es imprescindible, pero no agota el problema. La vida cotidiana, la participación social, la cultura, la educación, el barrio, los grupos y las redes de sostén también inciden en el bienestar. Construir salud mental no es solo tratar el malestar: también es producir condiciones de vida más habitables.
Acompañar adolescentes, entonces, no es solamente intervenir sobre un problema. Es ayudar a construir anclajes con la vida. Es abrir espacios donde puedan aprender, decidir, vincularse, imaginar y ensayar futuros posibles. En definitiva, es participar —con responsabilidad ética y política— en la construcción de esas tramas que permiten que una vida no quede fijada a lo que le tocó, sino abierta a lo que todavía puede llegar a ser.
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Te invitamos a profundizar en este tema en el Ateneo Abierto "Adolescencias, Saberes y Esculturas Vinculares: apuntes entre lo socioeducativo y lo clínico". En esta ponencia, el Dr. Diego Silva Balerio, nos invita a reflexionar sobre el cuidado de equipos y cuidadores.
