Repensar la atención en salud mental cuando la vulnerabilidad es la norma
Cada vez que hablamos de “vulnerabilidad” solemos pensar en carencias económicas o en violencia; sin embargo, la vulnerabilidad también es la falta de redes, de referentes y de reconocimiento. ¿Cómo brindar ayuda psicológica cuando el otro llega con el estómago vacío, la historia fragmentada y la desconfianza a flor de piel?
1. Del consultorio al territorio
El clásico sillón de 45-50 minutos funciona para quien puede llegar a él. Cuando la vida se juega en la plaza del barrio, en la sala de espera de un hospital o en un refugio, la intervención debe moverse allí. Llevar la escucha a la vereda, al comedor o a la cancha comunica algo poderoso: “Yo vengo a tu mundo; no necesitas entrar al mío para ser escuchado”.
2. Construir antes que deconstruir
Muchas personas ya han visto desarmarse su hogar, su propia imagen y sus vínculos. Antes de profundizar en “lo que falta”, conviene sembrar experiencias positivas y concretas que nutran el sentido de valía: un taller donde madres y padres redescubren el juego; un cumpleaños improvisado que legitima el derecho a existir; un carnet de identidad tramitado en equipo. Estos actos de valor simbólico suelen abrir más puertas que cualquier interpretación.
3. Flexibilidad de dosis y formato
No todas las historias admiten un proceso semanal y prolongado. A veces, 10 minutos de conversación telefónica al mes sostienen más que una cita que jamás se concreta. Otras veces, un grupo abierto, sin lista fija de asistentes, es la única forma de garantizar continuidad. El criterio es simple: adaptar la frecuencia a la capacidad real de la persona, sin perder la intención terapéutica.
4. Dialogar con la cultura, no colonizarla
Las estrategias de afrontamiento, el lenguaje y hasta la música del barrio son insumos, no obstáculos. Trabajar un duelo a través de un rap, o un miedo mediante una dinámica de huerta comunitaria, valida saberes propios y evita la “pulsión mimética” de moldear al otro a nuestra imagen. La humildad cultural implica preguntar, observar y co-crear, más que enseñar.
5. Fortalecer, no tutelar
El paradigma del “pobrecito” cristaliza la dependencia. En cambio, celebrar competencias —por pequeñas que parezcan— amplifica la agencia personal y familiar. Cuando un participante dirige un taller, comparte una receta o cuida a otro, deja de ser receptor pasivo y pasa a ser protagonista de su historia.
Lo que está en juego
Humanizar la psicoterapia para poblaciones vulneradas no es un gesto altruista sino una urgencia sanitaria y ética: habilita caminos reales de prevención del consumo problemático, de reducción del suicidio y de reconstrucción de comunidades enteras.
La salud mental debe ser accesible, ética y situada. Transformar la clínica implica salir, escuchar y crear junto con quienes viven la intemperie. El desafío es grande; la respuesta, necesariamente colectiva. Y empieza por reconocer que, muchas veces, la primera herramienta terapéutica no es la palabra, sino la presencia.
QUIERES SABER MÁS?
Te invitamos a profundizar en este tema en el Ateneo Abierto: “Intervenciones Clínicas con Poblaciones Vulnerables”. En esta ponencia, la Psicoterapeuta Denise Defey, nos invita a reflexionar sobre los desafíos clínicos y éticos que implica trabajar con personas y familias en condiciones de exclusión, vulnerabilidad y desamparo.
