Cuando la conducta habla: trauma y seguridad emocional en la primera infancia
En los primeros años de vida, aquello que un niño no puede explicar con palabras suele aparecer en su cuerpo, su juego, su conducta y sus vínculos. Comprender estas manifestaciones permite acompañarlo sin reducir su experiencia a un problema de comportamiento.

Lo que los niños perciben, aunque todavía no puedan explicarlo
Con frecuencia, las personas adultas suponemos que los niños pequeños no comprenden lo que ocurre a su alrededor o que, por su edad, pronto lo olvidarán. Sin embargo, desde muy temprano registran los cambios en las rutinas, las ausencias, los tonos de voz, la tensión corporal y el estado emocional de quienes los cuidan.
Aunque no entiendan todos los hechos, necesitan darles algún significado. Cuando no reciben una explicación, construyen sus propias respuestas con los recursos que tienen. A veces pueden concluir que algo ocurrió porque se portaron mal, porque no son queridos o porque hicieron algo que provocó el enojo, la ausencia o el sufrimiento de las personas adultas.
Que un niño deje de preguntar no necesariamente significa que haya olvidado. También puede haber aprendido que sobre ese tema no se habla o que no obtendrá una respuesta.
Antes de corregir la conducta, comprender qué expresa
Los berrinches, la agresividad, las dificultades para dormir, el miedo intenso a separarse, las regresiones o la repetición de ciertas escenas en el juego pueden ser maneras de comunicar angustia.
Esto no significa que toda conducta difícil sea consecuencia de una experiencia traumática. Pero cuando aparece un cambio repentino, intenso o persistente después de una situación adversa, puede ser útil reemplazar la pregunta “¿cómo hacemos para que deje de comportarse así?” por otra: “¿qué puede estar intentando expresar?”.
Este cambio de mirada no elimina la necesidad de establecer límites. Permite hacerlo comprendiendo que detrás de una conducta también puede haber miedo, confusión o una necesidad de recuperar seguridad.
La seguridad se reconstruye en el vínculo
Las palabras son importantes, pero no son el único camino. La reparación también sucede a través del cuerpo, el juego, las rutinas predecibles y la presencia emocional de una persona adulta capaz de acompañar.
Hablar con honestidad no significa transmitirle al niño todos los temores o posibilidades que preocupan a los adultos. Significa ofrecerle una explicación sencilla, verdadera y adecuada para su edad sobre aquello que ya vivió o percibió.
También implica dejarle claro que lo sucedido no fue su culpa, que sus sentimientos tienen sentido y que hay personas adultas responsables de cuidarlo. Estas conversaciones pueden necesitar repetirse muchas veces, porque la comprensión infantil se transforma a medida que el niño crece.
Cuidar también a quienes cuidan
Las experiencias traumáticas no afectan solamente a los niños. Una persona adulta que atraviesa miedo, violencia, pérdida o incertidumbre puede sentirse más irritable, agotada o menos disponible emocionalmente. Incluso puede interpretar como una amenaza una conducta infantil que, en otro momento, habría podido comprender y acompañar.
Por eso, ayudar a un niño también requiere sostener a sus cuidadores. No se trata de culpabilizar, sino de conocer su historia, su contexto y los recursos con los que cuentan. Las experiencias no elaboradas pueden reaparecer en la crianza, pero también existe la posibilidad de construir respuestas diferentes y evitar que el sufrimiento continúe transmitiéndose.
¿Qué podemos hacer desde los distintos ámbitos?
Familias, centros educativos y servicios de salud pueden contribuir a recuperar seguridad:
- Observar cambios de conducta sin apresurarse a diagnosticar.
- Validar las emociones sin minimizar ni forzar al niño a hablar.
- Sostener rutinas y anticipar separaciones o cambios importantes.
- Ofrecer espacios de juego y expresión sin convertirlos en una intervención terapéutica.
- Responder con palabras simples y honestas.
- Buscar acompañamiento especializado cuando el malestar es intenso, persiste o afecta la vida cotidiana.
El objetivo no es solamente que una conducta desaparezca. Es que el niño pueda comprender que no está solo, que lo que siente puede ser escuchado y que cuenta con vínculos capaces de ayudarlo a recuperar confianza y seguridad.
Para profundizar: mirá el ateneo completo
Esta nota retoma temas del ateneo «Primera infancia, trauma y salud mental», realizado el 9 de octubre de 2026 con la Dra. Alicia Lieberman y la Dra. Vilma Reyes. Podés acceder gratuitamente a la grabación del encuentro.