Violencia de género: indignación y responsabilidad

Ante los hechos de público conocimiento ocurridos esta semana en el anexo de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, desde Centro Universitario UNO expresamos nuestra solidaridad con la joven agredida y su familia, con la comunidad universitaria y con quienes reaccionaron con valentía para evitar un desenlace aún más grave.

Toda situación de violencia extrema nos confronta socialmente. Produce dolor, conmoción e indignación. Esa indignación es necesaria: permite nombrar lo intolerable, rechazar la naturalización de la violencia y exigir respuestas. Pero para transformar esa reacción en prevención, cuidado y reparación, también se necesitan formación rigurosa, sensibilización sostenida y herramientas transdisciplinares que permitan identificar señales de riesgo, actuar de forma oportuna y articular respuestas entre instituciones.

Desde la Convención de Belém do Pará, adoptada en 1994, la violencia contra las mujeres fue reconocida como una violación de derechos humanos y una expresión de relaciones históricamente desiguales de poder. En ese sentido, no puede reducirse a una enfermedad ni ser explicada solamente desde categorías individuales. La violencia de género se inscribe en un sistema sociocultural de dominio, control y discriminación que busca disciplinar la libertad, limitar la autonomía y sostener formas de subordinación.

Reconocer la salud mental como un derecho exige distinguir con precisión cuándo una conducta destructiva puede estar vinculada a una ruptura del sentido compartido de la realidad, a una vivencia delirante o a una patología específica, y cuándo se despliega desde lógicas de control, posesión, persecución, dominación o discriminación de género.

Esta distinción tiene consecuencias éticas, jurídicas, clínicas e institucionales. Confundir violencia de género con enfermedad puede invisibilizar responsabilidades, minimizar señales de riesgo o desplazar el foco de las condiciones sociales que habilitan y reproducen estas violencias. A la vez, desconocer la complejidad subjetiva de cada caso puede empobrecer las posibilidades de evaluación, prevención e intervención.

Por eso, el abordaje de la violencia de género necesita miradas integradas. Requiere equipos capaces de leer el riesgo, escuchar a las víctimas, comprender los dispositivos de poder que sostienen la violencia, actuar desde marcos legales adecuados y construir respuestas institucionales coordinadas. También requiere cuidar a quienes asumen tareas de cuidado, acompañamiento, orientación, atención o intervención en contextos de alta complejidad.

Formarse en esta temática no es solo adquirir información. Es desarrollar criterios para intervenir con responsabilidad. Es aprender a identificar alertas, evitar respuestas improvisadas, reconocer las dimensiones psicológicas, sociales y jurídicas del problema, y sostener prácticas que pongan en el centro la protección, la dignidad y los derechos de las personas afectadas.

Desde Centro Universitario UNO reafirmamos nuestro compromiso ético y pedagógico con la formación de profesionales, equipos e instituciones capaces de aportar a la construcción de vidas libres de violencias.

 

Esta nota fue elaborada a partir de los aportes de Anabel Beniscelli, Licenciada en Psicología, Máster en Psicología Social y Doctoranda en Estudios de Género, docente del Diploma en Abordaje de la Violencia de Género de Centro Universitario UNO.

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