¿Qué hacen nuestros hijos con la IA?
Resumen del Conversatorio para familias | Adolescencias e Inteligencia Artificial

Adolescencias e inteligencia artificial: qué están viendo las familias
La inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana de muchos adolescentes. La usan para estudiar, buscar información, resumir textos, crear contenidos, resolver ejercicios o simplemente explorar. En algunos casos, también aparece como espacio de conversación, consulta o compañía.
Frente a esta realidad, las familias se encuentran ante una pregunta cada vez más urgente: ¿cómo acompañar el uso de la IA sin caer ni en el alarmismo ni en la indiferencia?
En el marco de una actividad abierta, realizada en septiembre 2026 por Centro Universitario UNO, madres, padres, abuelos y otras personas cuidadoras compartieron sus experiencias, dudas y preocupaciones sobre el lugar que está ocupando la inteligencia artificial en la vida de adolescentes. Además, se realizó un cuestionario anónimo previo, dirigido a familias y personas cuidadoras de adolescentes.
Las respuestas no buscan representar estadísticamente a todas las familias uruguayas, pero sí permiten identificar algunas preocupaciones, tensiones y necesidades que aparecen con claridad.
Una herramienta que ya está presente
Uno de los aspectos más claros del cuestionario es que la IA ya está instalada en la vida cotidiana adolescente. En la mayoría de las respuestas, las personas adultas señalaron que el adolescente en quien pensaban usa herramientas de inteligencia artificial generativa. En otros casos, la respuesta fue “no sé”, lo que también resulta significativo: parte de lo que ocurre con estas herramientas puede permanecer poco visible para los adultos.
Las herramientas más mencionadas fueron ChatGPT, Gemini, Meta AI, asistentes de voz y generadores de imágenes o música. Los usos principales se concentraron en dos grandes áreas: tareas y estudio y búsqueda de información. También aparecieron usos vinculados a la creación de imágenes, música o videos, y en algunos casos a conversar o pasar el rato.
Esto confirma algo importante: la pregunta ya no es si la IA va a llegar a la vida de los adolescentes, sino qué lugar está ocupando y con qué criterios se está usando.
Aprender mejor o dejar de pensar
Muchas familias reconocen beneficios en estas herramientas. Entre las respuestas, se repiten tres ideas: la IA puede ofrecer apoyo escolar, facilitar el acceso a información y desarrollar habilidades tecnológicas para el futuro. También algunas personas mencionan su potencial creativo.
Pero junto con esos beneficios aparece una preocupación fuerte: que los adolescentes dejen de aprender por hacer todo con IA.
Leer, resumir, escribir, equivocarse, argumentar y volver a intentar no son obstáculos externos al aprendizaje. Son parte del proceso mismo de aprender. Por eso, cuando una herramienta resuelve una tarea en segundos, el problema no es solamente si el adolescente “hizo trampa” o no. La pregunta más profunda es otra: ¿qué lugar ocupó en ese proceso?
No es lo mismo usar IA para revisar un ejercicio, practicar inglés o comprender mejor un tema, que usarla para evitar el esfuerzo de pensar. La diferencia no está solo en la herramienta, sino en el modo de uso, la edad, el acompañamiento adulto y el sentido de la tarea.
La confianza en una respuesta que parece saberlo todo
Otra preocupación que aparece con fuerza es la confianza que niños, niñas y adolescentes pueden depositar en las respuestas de la IA.
A diferencia de una búsqueda tradicional, donde la persona ve distintas páginas, fuentes y autores, muchas plataformas de inteligencia artificial ofrecen una respuesta única, ordenada y segura. Esa forma de responder puede producir una fantasía de saber absoluto: la impresión de que “si lo dijo la IA, debe estar bien”.
Sin embargo, estas herramientas pueden equivocarse, inventar información, omitir contexto o presentar como cierto algo que no fue verificado. Por eso, enseñar a usar IA no puede reducirse a enseñar comandos o aplicaciones. También implica formar en pensamiento crítico, verificación de fuentes, criterios de confianza y responsabilidad en el uso de la información.
Una de las respuestas del cuestionario lo expresa con claridad: el desafío es que Uruguay no prohíba simplemente la inteligencia artificial, sino que enseñe a usarla como herramienta para aprender y crear, no como sustituto del propio pensamiento.
IA, intimidad y vínculos
El cuestionario también dejó planteada una zona especialmente sensible: el uso de IA para conversar sobre temas personales o emocionales.
Aunque no apareció como el uso más frecuente, algunas respuestas señalaron que los adolescentes conversan con IA sobre estos temas a veces o frecuentemente. También hubo familias que indicaron conocer, o sospechar, el uso de “compañeros de IA”: chats con nombre y personalidad propia, como Character.AI o similares.
Esta dimensión abre preguntas importantes. La adolescencia es una etapa en la que la intimidad, la pertenencia, la búsqueda de reconocimiento y la construcción de vínculos tienen un lugar central. Una herramienta que responde siempre, que parece comprender y que está disponible a cualquier hora puede ocupar un lugar afectivo.
El problema no es que un adolescente haga una pregunta ocasional o explore una conversación. El riesgo aparece cuando se construye una confianza excesiva en una interacción que simula presencia, pero no es un vínculo humano.
La IA puede responder, pero no puede cuidar como cuida una persona. Puede simular escucha, pero no reemplaza la experiencia de ser mirado, alojado y acompañado por otro.
Familias preocupadas, pero con poca orientación
Uno de los puntos más relevantes del cuestionario es la distancia entre la presencia de la IA y la preparación que sienten las familias para acompañar su uso.
En varias respuestas aparece la sensación de no contar todavía con herramientas suficientes para orientar, conversar o establecer criterios. Muchas familias no buscaron orientación específica, o recurrieron a redes sociales, medios de comunicación, centros educativos, otras familias o instituciones públicas.
También aparece un dato significativo: en la mayoría de los casos no existen acuerdos claros en el hogar sobre el uso de inteligencia artificial. Algunas familias mencionan reglas informales, otras señalan que no lo han hablado todavía y pocas refieren contar con criterios definidos.
Esto muestra una necesidad concreta: las familias no solo precisan información técnica. Necesitan criterios claros, espacios de conversación y orientación práctica para poder acompañar sin quedar capturadas entre el miedo y la improvisación.
Las preocupaciones más mencionadas fueron la dependencia o uso excesivo, los contenidos inadecuados, los consejos peligrosos o información falsa, el aislamiento o reemplazo de vínculos y la privacidad de los datos.
Qué esperan las familias de Uruguay
Cuando se preguntó qué debería priorizar Uruguay en relación con adolescentes e inteligencia artificial, la respuesta más repetida fue contundente: educación sobre inteligencia artificial en los centros educativos.
También aparecieron otras prioridades: reglas claras para las plataformas y sus diseños, campañas públicas de información, orientación y apoyo a las familias, restricciones o verificación de edad, servicios de salud preparados para estos temas e investigación con datos nacionales.
En otras palabras, las familias no están pidiendo solamente prohibiciones. Están pidiendo formación, regulación, acompañamiento y responsabilidad pública.
Esto incluye a los centros educativos, pero no solo a ellos. También interpela al sistema de salud, a las políticas públicas, a las plataformas tecnológicas y a las instituciones que trabajan con infancia y adolescencia.
Acompañar sin alarmismo ni indiferencia
La inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa. Puede ayudar a estudiar, crear, organizar ideas, practicar idiomas, acceder a información o resolver problemas. Pero para que sea una herramienta y no un sustituto del pensamiento, necesita estar mediada por criterios.
Acompañar no significa saberlo todo ni dominar técnicamente cada plataforma. Significa estar cerca, preguntar, conversar, mirar qué usan, cómo lo usan y qué lugar ocupa eso en la vida cotidiana.
No alcanza con controlar el tiempo de pantalla. También importa saber qué contenidos circulan, qué vínculos se construyen, qué datos se entregan, qué respuestas se toman como verdaderas y qué espacios de conversación existen en la familia.
La IA llegó rápido, y probablemente siga cambiando a una velocidad difícil de anticipar. Pero hay algo que no debería quedar desplazado: la necesidad de adultos presentes, instituciones atentas y comunidades capaces de pensar juntas.
El desafío no es solo tecnológico. Es educativo, vincular, ético y cultural.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué hacen nuestros hijos con la IA. También es qué hacemos los adultos frente a eso: cómo escuchamos, cómo orientamos, qué límites construimos, qué conversaciones abrimos y qué tipo de futuro queremos ayudarles a imaginar.
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